

1. Ser un escritor comprometido es serlo en segundo lugar con la política y en primer lugar con la propia escritura. Y no hay revolución que tenga la más mínima relevancia si no ha empezado por ser una insurrección contra el lenguaje, contra lo ya conocido o lo evidente.
(Benjamín Prado. Siete maneras de decir manzana)
2. Nuestras revoluciones son puramente verbales y cambiamos las palabras para tener la ilusión de que cambiamos las cosas
(Alberto Caraco. Breviario del caos)


Quizá sean las únicas revoluciones que tenemos a mano (o en las yemas de los dedos): en la punta del lápiz o en la punta de la lengua.
ResponderSuprimirUn abrazo.
Pero es que comprometerse con uno mismo es la verdadera revolución. En la mayoría de los casos, además, revolución pendiente.
ResponderSuprimirMe temo que esa ha sido lo que llamaríamos una hebra efímera (como esa arquitectura pensada para desaparecer) y extemporánea. Pero no desesperes: existen otros soportes aparte del informático y creo que hemos quedado para comer el jueves, ¿no?
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