sábado, 13 de febrero de 2010

El desierto alucinado de Annemarie Schwarzenbach



No he aprendido muchas cosas nuevas, pero lo he visto todo, lo he experimentado todo en carne propia, confesaba Annemarie Schwarzenbach durante su estancia en Afganistán. La suerte que la había protegido en sus viajes por Oriente Próximo al volante de su Ford, la abandonó mientras descendía una cuesta camino de Saint-Moritz. El seis de septiembre de 1942, durante un paseo, se cruzó con una amiga que iba en bicicleta. Intercambiaron unas palabras, Annemarie le prestó su coche de caballos a cambio de la bicicleta y se alejó pedaleando. En una cuesta pronunciada se soltó de manos, perdió el control y salió despedida por encima del manillar golpeándose la cabeza con una roca. Su cuerpo herido junto a la carretera encontraba por fin su destino de ángel devastado. El apelativo corresponde a Thomas Mann, quien en una sobremesa sentenció, mirándola a los ojos: ‘Si usted fuera un hombre, debería ser declarado excepcionalmente hermoso’.

Annemarie era amiga de los hijos del novelista, Klaus y Erika. Para ellos era ‘la Princesa Miro’. Klaus fue su compañero de adicciones y Erika un doloroso amor contrariado. En la noche luminosa de Berlín, mientras el Parlamento ardía, Annemarie se desplazaba en un Mercedes buscando a Mops, su proveedora de morfina, como una sonámbula ajena al curso de la Historia. Había llegado a Berlín huyendo del opresivo ambiente familiar. La rama materna de la familia estaba emparentada con los Von Bismarck; los Schwarzenbach habían consolidado una inmensa fortuna con la industria de la seda. Durante su adolescencia, las rarezas de Annemarie la llevaron a la consulta del doctor Carl Jung. No encontró en el diván la paz anhelada. Annemarie buscaba un lugar donde perderse, 'una orilla que la devolviese a la infancia, a la tierra prometida'. Probó suerte en los paisajes narcóticos de Oriente. 'El oeste era el desierto, la infinita soledad del amanecer, la espinosa estepa de la conciencia'. Ebria de haschisch, describió en sus libros valles solitarios y desiertos de pesadilla. Contrajo matrimonio con un ambiguo secretario de la embajada francesa en Teherán. Las drogas y la literatura eran un resquicio en el burocrático hastío de la diplomacia. Se enamoró de una joven tuberculosa llamada Yalé, a quien rindió homenaje en su libro “Muerte en Persia”.

Junto a un estanque alargado, Annemarie recorrió el palacio de Cihil Sutun, que en afgano significa ‘cuarenta columnas’. Le sorprendió hallar sólo veinte. Extrañada, cruzó hasta la otra orilla de la corriente y divisó desde la lejanía las veinte columnas y su perfecto reflejo en el agua. En afgano, le dijeron, cuarenta significa una cantidad infinita. 'No me sentía preparada - escribe Annemarie-, para enfrentarme a la yerma vastedad asiática, cuya inmensidad, espanto, conmovedor despliegue de colores y férreo poder de destrucción no lograba calibrar... Sólo podemos llamar hogar a un espacio muy reducido.'

Tras su muerte, el nombre de Annemarie Schwarzenbach acabó siendo sólo un recuerdo en un libro de Carson McCullers. La escritora le dedicó su novela “Reflejos en un ojo dorado”. Cuando se conocieron en Nueva York, se enamoró de ella sin ser correspondida. Los manuscritos de Annemarie que no fueron quemados por su familia permanecieron ocultos hasta que un estudioso suizo, en los ochenta del pasado siglo, los rescató del olvido.

4 comentarios:

  1. Otro descubrimiento. Al menos para la yerma vastedad que es mi incultura.
    Gracias.

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  2. Gracias a ti por tu fidelidad lectora (somos pocos pero bien avenidos).

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  3. Algo no funciona muy bien en mi vida (o en su organización) cuando he necesitado tres días (o sus correspondientes fragmentos) para leer el post... Y me sumo a Blanco: ¿De dónde sacas estos personajes? No me contestes: estoy urdiendo una respuesta.

    Besos.

    P.S. ¿Todos y todo bien?

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  4. Qué hermosa historia. ¡Vaya personaje! Me alegró mucho encontrar un nuevo texto tuyo. Un abrazo.

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